Recuerdo cuando tenia aproximadamente 14-15 años, y pasaba mis vacaciones de verano en Mar del Plata, cómo esperaba ansiosa la llegada de una carta escrita por alguna amiga. Encontrar por debajo de la puerta al volver de la playa, ese sobre con mi nombre escrito en el dorso, era felicidad absoluta. No podía esperar un segundo para abrir ese pequeño tesoro enviado desde alguna otra ciudad. La letra escrita a mano, el olor del papel, los pliegos de la carta, los colores elegidos, algún detalle colocado en el sobre, alguna foto de mi amiga en sus vacaciones etc. Las cartas son inmensamente más preciadas por mi, que cualquier mensaje recibido a través de una pantallita.
